El distanciamiento de Estados Unidos y el acercamiento a China responde a una necesidad política y personal de liderazgo, tanto dentro como fuera de España y a la necesidad imperiosa de mantener la actual composición del Gobierno hasta la convocatoria de elecciones globales dentro de dos años, generales, autonómicas y municipales. Conseguir que el gobierno chino de Xi Jianping le de a nuestro país un lugar privilegiado en las relaciones entre los dos grandes bloques de la globalización es la mejor y casi única de las bazas que tiene Pedro Sánchez para negociar con la propia UE y con la OTAN.
Si no podemos llegar al dos por ciento del PIB, mucho menos podemos plantear una inversión del cinco por ciento en defensa. No es que no se quiera, es que no se puede, por más arquitectura fiscal que diseñe la vicepresidenta primera del Gobierno. En la guerra interna de María Jesús Montero con Yolanda Díaz tiene razón la primera, pero la segunda no encuentra mejor forma de evitar el derrumbe total de Sumar que mantener ese enfrentamiento en torno al mundo laboral. Les pasa lo mismo a los sindicatos, y le pasa lo mismo al resto de los socios de investidura.
Alguno de los cambios que se están produciendo en el mundo empresarial, con intervención directa del Gobierno, hay que verlos y explicarlos por esa necesidad de Sánchez en su política internacional y las exigencias de China. España es una pieza pequeña pero importante en ese tablero, tanto o más que la Francia de Macron y desde luego más que la Gran Bretaña de Starmer, aunque parezca lo contrario por la agresividad militar de los líderes frácés y británico.
Para evitar la incorporación física de España a un contingente militar en Ucrania, con paz inestable o con guerra en suspenso, Sánchez cuenta con pocas pero efectivas bazas. Su problema no es Mark Rutte, que es el holandés menos amigo de España de los últimos cincuenta años y, al final, un fiel servidor de los intereses de USA dentro de Europa. No se puede ser secretario general de la OTAN si eres contrario al gobierno de Estados Unidos. Eso lo saben los 27 países de la UE y el resto de los que integran la Organzación Atlántica. Por supuesto que lo deben saber los líderes de la oposición en España, lo contrario sería muy preocupante para la democracia y para el PP como primer partido rival del PSOE y llamado a ser su reemplazo en el Gobierno. Sea dentro de dos o de seis años, con Feijóo al frente a con futuro liderazgo.
El presidente norteamericano va a estar en la Casa Blanca hasta 2028, lo que quiere decir que va a durar más que las actuales Legislaturas dentro de las que gobiernan tanto Sánchez, como Macron, Meloni, Starmer e ncluso el polaco Tusk, por no mencionar al largo etcétera. Eso significa que la poítica norteamericana va a mantener las apuestas que ha hecho Trump desde el comienzo. Son la apuestas de un empresario - de unos milmillonarios empresarios - que han logrado el poder y quieren que su país, que no es Europa, se mantenga como el má sfuerte y el más rico y el más adelantado tecnológicamente.
A partir de esa realidad, los cálculos geopolíticos, sobre los que se van a desarrollar las poítica locales de los páises europeos, van a primer sobre los puramente nacionalistas. Ni la izquierda española parece haberse dado cuenta de esa situación y lo más gravespara el equilibrio democrático es que la derecha está en la misma situción. Los deseos y la realidad caminan por senderos distintos y eso termina siendo malo para los ciudadanos. Sin política exterior que una a todas las fuerzas políticas será imposible que exista una política interior al servicio, de verdad, de la sociedad.