Miremos a España: a Pedro Sánchez le costó trabajo aceptar las condiciones de Pablo Iglesias para que se convirtiera en presidente del Gobierno y le siguen costando las que de forma reiterada le hace su vicepresidenta segunda, capaz de enfrentarse públicamente con casi todo el Consejo de Ministros. Iglesias se marchó y hace crítica desde el exterior del resto de los que fueron sus compañeros. Díaz se quedó y hace lo mismo.
De aquellos pactos salieron una vicepresidencia y cuatro Ministerios que el fundador de Podemos repartió mirando hacia el interior de su casa. De las pesadillas nocturnas se pasó a la cooperación con el independentismo de derechas e izquierdas. Hoy, ese queso gruyere que es el Consejo de Ministros busca en el uso y abuso de los decretos ley su salvación futura. Se equivocaron todos si de economíaa administrativa hay que hablar, ahora que toca sentarse a dialogar con Hacienda.
El gasto del conjunto del Estado es inasumible, ya estamos con una deuda pública por encima del billón y medio de euros, de la misma forma que lo están el resto de los países europeos y que explica el miedo que se ha tenido a la guerra comercial desatada por Donald Trump, que mirando partida a partida y país a país tampoco era para tanto, otra cosa es que se aproveche para asegurar, como hace Von der Layen que USA es la culpable del aumento de todos los productos. Sería más exacto decir que ese aumento es consecuencia de la desafortunada decisión de rearmar hasta los dientes a Europa ante Rusia, a la que por cierto Trump ha “castigado” muy poco, lo mismo que ha hecho con Brasil y Argentina, por poner dos ejemplos de países con presidentes muy diferentes.
Gastronómicamente el queso suízo, famoso y reconocible por sus agujeros, es un ingrediente indispensable para el paladar, como bien saben los amantes de una buena fondue. El secreto está en las bacterias que aportan las partículas microscópicas de trigo que lleva su leche de vaca. Es una curiosidad científica que le llevó años descubrir al norteamericano Wilham Clarke. Más fácil de encontrar y analizar son los motivos que le llevaron a nuestro presidente del Gobierno a deglutir el manjar lácteo en que se ha convertido su Ejecutivo.
Los porcentajes matemáticos salid0s de las elecciones le obligaron a Pedro Sánchez a ampliar el Consejo de Ministros hasta el número 23, creando Ministerios a base de desdoblar los ya existente. Política micro que se trasladó a un número Indeterminado de Secretarios de Estados, Subsecretarios, Directores Generales, Subdirectores, Ayudantes, Secretarios, asesores, organismos dependientes de…. Hasta cargar al Estado con un gasto de administración muy por encima de sus necesidades y posibilidades de control eficiente.
Hoy tenemos 23 agujeros en un queso gubernamental más difícil de digerir cada día. Las vicepresidentas no se entienden entre sí y se llevan la contraria como seña de identidad de cada una de ellas. Basta que desde Economía se diga una cosa, ajustada a los deseos de la Comisión Europea, para que desde Trabajo se diga la contraria o que desde Hacienda se empeñan en la subida de impuestos generalizada mientras se aprueban ayudas a grandes, pequeños y medianos. Unas medidas que chocan contra otras medidas.
Da igual que a la Vice Montero le corrija su compañera Díaz y que a ésta le den la espalda sus aún compañeros Cuerpo y Albares, y que apenas sepamos nada de sus sustituto, y que la ministra portavoz se pierda en los procelosos caminos de las explicaciones técnicas ante los periodistas. El gruyere está por encima de críticas y ataques. Es cuestión de paladar. Se tiene o no se tiene. El Gobierno lo tiene y se dispone a esperar los meses que haga falta antes de sacar al mercado electoral la mejor de las elaboraciones económicas y sociales, con etiqueta homologada por la Comisión Europea y el BCE o sin ella.
Tenemos un “queso político” en el que, desde el feminismo más radical y militante se asegura, sin sonrojo alguno, que para salir de la crisis económico-machista la única forma de hacerlo es con medidas aún más feministas. Son las matemáticas de género fluído, tan difíciles de explicar como la secuencia numérica de Fibonacci en la que la sucesión numérica se establece a partir de la suma de los dos últimos números de la serie. Se la debemos a Leonardo Bigollo, quien como buen italiano, se podría decir que la “copió” para el Occidente del siglo XII de un texto sánscrito en el que se “fijaba” el nacimiento de ese desarrollo numérico otros setecientos años más atrás. Hoy se aplica tanto a las computadoras como al ADN de todos los seres vivos.
Sobre la base de los descubrimientos hindues, nuestro Fibonacci nacido en Pisa solucionó un problema tan trascendental para su época como la cria de conejos y su previsible crecimiento y control de las plagas. Si existe algún curioso tan enamorado de Florencia como mis dos amigos Luís y Fernando, les propongo que se acerquen a la Meca del Renacimento y en la Bibliteca Central descubrirán, como una página del “Liber Abaci”, en rojo y en latín la famoso secuencia.
En nuestra política doméstica y culinarea es exactamente lo que ha aplicado Pedro Sánchez de cara, primero, a conseguir una mayoría parlamentaria, y a continuación, un equilibrio porcentual en su Gobierno, hasta llegar al número aúreo que para él es el 23. El secreto del gruyere suízo y del gruyere político se basan los dos en las copias importadas por Bigollo. ¿Quién podría asegurar que no fue nuestro particular Leonardo de Pisa quien defendió ante las autoridades de su ciudad que la Torre inclina da en 4 grados hacia la derecha no se derrumaría precisamente por la secuencia numérica de sus arcos, su altura y la profundidad de su cimentación?. Si Leonardo convenció a sus contemporáneos, ¿por qué Pedro Sánchez no va a ser capaz de convencernos a los españoles que los 23 agujeros de su Gobierno son tan sólo una prueba más de la necesidad que tenemos todos de una buena educación gastronómica en las tres dimensiones del o,a,e que elimine el peso muerto que ha significado la noción de género en la historia ?