parentaría que el valor del dólar es un objetivo en sí mismo, fundamentalmente en lo que se refiere a conservar su rol como moneda de reserva mundial, o en otra interpretación más evolucionada, un medio para alcanzar un objetivo: reducir el déficit comercial.
Aparentemente dos objetivos excluyentes, ¿pero lo son? No lo fueron en la parte final del siglo XX, donde la depreciación del dólar fue compatible con un incremento de su peso en las reservas mundiales. El Acuerdo Plaza promovió, y logró, una depreciación de entre un 30% y 50% frente al marco alemán y el yen japonés. El éxito fue tal que 17 meses después fue preciso el Acuerdo Louvre para poner fin a su depreciación.
CONSECUENCIA Y NO OBJETIVO
De forma sencilla, la visión de los teóricos que están detrás del desordenado discurso del presidente es que el reequilibrio exige la ruptura del modelo hasta ahora vigente, que esencialmente provoca la sostenida apreciación del dólar mediante el retorno de los superávits de terceros países en forma de capital a EE.UU. y sirve para financiar su déficit fiscal. En el nuevo orden, mediante la política arancelaria se reduce el déficit corriente, algo que tiende a apreciar al dólar al reducirse su venta contra terceras divisas, al tiempo que las necesidades de capital también se reducen si lo hace el déficit fiscal. La dependencia de EE.UU. del capital exterior decae, reduciendo así su vulnerabilidad.
A falta de un acuerdo como el Plaza, y para acelerar el reequilibrio, se forzaría a aquellos países que quieran seguir libres de aranceles y contar con la “protección norteamericana” a estar dispuestos a adquirir su deuda a 100 años al 0% de tipo de interés y/o a soportar un impuesto sobre sus tenencias de deuda. La dinámica actual se revierte, pero el dólar mantiene su reinado. Al romperse el ciclo de retorno vía balanza de capitales, la demanda de dólares decae y el dólar puede iniciar un proceso de depreciación que “obliga” a los exportadores a EE.UU. a redirigir sus bienes a otros mercados, producir en EE.UU. o dirigir su producción a consumo interno. En este caso, la depreciación del dólar no es tanto un objetivo como una consecuencia.
DOS RIESGOS
El embrollo acerca de cuál es el verdadero deseo en política cambiaria de la administración norteamericana es más difícil de desentrañar si aplicamos el enfoque del acuerdo Plaza donde la depreciación del dólar fue el mecanismo que activó el ajuste. En la visión que ahora proponen, el proceso termina con un dólar más débil como consecuencia del cambio con el que pretenden recuperar el equilibrio de su balanza corriente y reducir su dependencia de la financiación exterior. Es un modo coercitivo donde no se precisa el concurso voluntario de terceros países como ocurrió en los años 80, sino que se fuerza. No es diferente a las estrategias que aplica en otros ámbitos de las relaciones internacionales o en política interna.
Esto tiene dos riesgos muy evidentes. El mayor, la pérdida de confianza que supone violentar todas las reglas del orden mundial y que pueden llevar a un intenso declive en el valor del dólar. El menor, que la persistencia en el plan que proponen conduzca a la economía norteamericana a una estanflación que arrastre consigo a toda la economía mundial.