El escaparate de macarras del pensamiento que pueblan los programas de las televisiones en España no es la consecuencia de una errónea selección hecha por los directivos de esas cadenas, sino un plan de devaluación del pensamiento crítico de la sociedad.
No me refiero a un complot de malvados porque no hace falta ser inteligente para convertir en una porquería el pensamiento de los más débiles e iletrados. Es suficiente con dejarlos sueltos con un micrófono y una cámara descalificando a los jueces, defendiendo a sus delincuentes preferidos, tapando las golferías de los que progresan adecuadamente en la comisión de delitos, jaleando a una vicepresidenta verdulera, tapando las mentiras de quien les paga, hablando de futbol con menos pelos que ideas y gritando más que quien les lleva la contraria.
La sociedad española es muy diferente a esta foto fija de profesionales de la insustancialidad. Las mejores mujeres y los mejores hombres no están en ese ámbito de la política militante y sectaria. La mayoría silenciosa se mueve en la eficiencia, el trabajo bien hecho y el sentido crítico de la política en vez de la adhesión inquebrantable a los sinvergüenzas protegidos por su cargo púbico.
Aristóteles hablo del hombre como el “animal político”. Hoy hay más políticos animales que hace 345 años antes de Cristo
Lo que sucede en España con un gobierno que camina hacia una dictadura, rompe la división de poderes, enfrenta la sociedad y busca la impunidad de los delitos que comete, es el diseño de un golpe de estado que avanza con la complicidad de una parte de la sociedad que acepta todas y cada una de las irregularidades delictivas que patrocina Pedro Sánchez.
La inteligencia no puede ser un refugio, sino una acción colectiva que salve nuestra democracia.