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En cuatro años y tres elecciones autonómicas Isabel Díaz Ayuso ha conseguido que el Partido Popular pase de tener 30 escaños a tener 71 asientos en la Asamblea madrileña. En ese mismo periodo el PSOE, primero con Angel Gabilondo y luego con Juan Lobato ha pasado de 37 a 27, empatado con Más Madrid en escaños pero con menos votos.
El cumpleaños constitucional ha servido para ver de nuevos que nuestra Carta Magna no recibe el reconocimiento que merece, y que los dirigentes políticos están más preocupados por su futuro personal que por todo lo que signifique unidad de acción, tanto hacia dentro de España y su articulación territorial a varios niveles, desde el fiscal al educativo, como hacia el exterior en cuanto a defender las mismas posiciones en la candidatura de Nadia Calviño como presidenta del BEI, que sería una muy buena noticia para este país, al margen de las tendencias partidistas. La misma situación de irresponsabilidad se debe aplicar a las posturas sobre las guerras de Ucrania y de Palestina.
La puesta de sol en la Barceloneta llena de un rojo amarillento el entorno de la gran vela que sirve de icono a esa zona de la capital catalana y que se refleja en los grandes ventanales de la suite Extreme WOW del hotel. Acaba de llegar con el maletín de viaje que utiliza cuando va a pasar una única noche fuera de casa. Es domingo y el avión privado de la compañía y el coche que le esperaba a pie de pista le proporcionan la invisibilidad social que busca siempre que necesita para una de sus obligadas citas o para esas horas de soledad personal, lejos del despacho por el que desfilan los problemas de cuatro Continentes. Su propio martirio.
Lo que parece evidente siempre merece explicación. Pedro Sánchez ha negociado la amnistía con Carles Puigdemont por la imperiosa necesidad de los siete votos que Junts tiene en el Congreso. Si no fuera así no estaría hablando nadie de la amnistía, ni siquiera ERC, el PNV, Bildu, el BNG o la Cup. El presidente del Gobierno miente por necesidad, al igual que lo hacen la inmensa mayoría de los líderes políticos a lo largo de su vida como tales. Es un hecho, no una crítica moral. Hacen de la necesidad, virtud. Es una de las servidumbres o cualidades que primero aprenden los que hacen de la política su vida.
Cambios en el Gobierno a la espera de más cambios en diciembre con la salida de Nadia Calviño y la subida de Escrivá para frenar las exigencias de Yolanda Díaz; cambios en la dirección del PP con más poder para Cuca Gamarra, Miguel Tellado y Carmen Fúnez y mucho menos para Elias Bendodo; cambios en los candidatos del PNV con la retirada obligada de Iñigo Urkullu, y de Bildu con la renuncia de Arnaldo Otegui. La Legislatura acaba de comenzar y ya se ve que va a ser más dura que la anterior, por lo menos hasta el “superjunio” de 2024 con sus tres elecciones.
Los líderes de los dos grandes partidos mantienen a sus formaciones en el mismo error: para ganar y gobernar hay que destruir al adversario y aliarse con quien no se quiere. Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo trabajan a corto plazo, uno frente a otro, sin ganas de buscar ningún acuerdo, empleando a los más duros de entre los suyos como arietes contra el llamado enemigo, que no adversario.
Ya debemos más de billón y medio de euros como país. Y nos vendría muy bien que dentro de un mes la vicepresidenta del nuevo Gobierno consiguiera el puesto de jefa del BCI, el banco europeo que se encarga de repartir y establecer las condiciones de los Fondos que llegan a Estado. La presencia de Nadia Calviño en ese privilegiado puesto,es toda una operación de estado por encima de los partidos y las ideologías.
Primer círculo, el de Pedro Sánchez, formado por su equipo de confianza, desde Felix Bolaños, que sigue subiendo en la escalera del poder, hasta José Manuel Albares, que permanece impasible el ademán como ojeador de la política exterior. Por medio, María Jesús Montero, que se convierte en vicepresidenta pero con las riendas de Hacienda en sus manos, y Teresa Ribera, que sigue siendo la amiga invisible pero muy cercana. En ese círculo entran, por méritos propios y conocedores privilegiados de sus respectivos ámbitos durante los últimos cuatro años, Margarita Robles, Fernando Grande-Marlasca y Luís Planas.
Dos días de debate, una votación y 179 votos a favor y 171 en contra. Pedro Sánchez ya es presidente de nuevo pese a que su partido, el PSOE, sólo tenga 121 escaños en el Congreso. Un éxito que lleva repitiendo desde junio de 2018 cuando ganó la moción de censura contra Mariano Rajoy. No ha habido sorpresas. Ninguna. Lo previsto desde el resultado final de las elecciones generales del 23 de julio. “Cada mochuelo a su olivo”, por usar uno de esos refranes más populares. Cada dirigente que ha intervenido ha defendido sus intereses, mirando hacia el interior de sus casas.
Diez años más tarde y tras atacar a la entonces número dos del Partido Popular por sus explicaciones sobre los pagos al tesorero Barcenas, el PSOE de Pedro Sánchez, con Santos Cerdán y Felix Bolaños como signatarios, ha firmado seis divorcios en diferido con sus socios de investidura. Los llamados acuerdos son, en realidad, divorcios retrasados en el tiempo y con un alto costa para el futuro Gobierno, para las arcas del Estado y para la propia estructura territorial del mismo.
Puede que en unas horas o unos días Carles Puigdemont consiga que Pedro Sánchez le haga saber a su enviado especial y secretario de Organización del PSOE, Santos Cerdán, que debe firmar lo que el ex presidente de la Generalitat y huido de lujo en Waterloo le ponga sobre la mesa. El presidente en funciones puede que consiga esos siete votos que necesita en el Congreso para mantenerse al frente del Gobierno, pero será tan sólo uno de los seis contratos, de mayor o menor enjundia que debe firmar para conseguir su investidura iniciar una Legislatura que resultará inútil por estar muerta.
Demasiada adulación a la Princesa de Asturias en su jura de la Constitución por parte de casi todos los medios de comunicación, con las televisiones cargadas de almibar a la carta en cabeza. Flaco favor le han hecho y le van a seguir haciendo todos los que forma machacona ensalzan su belleza y sus dotes para reinar. Lo primero es visible, para lo segundo habrá que esperar. Le van a impedir comprobar en primera persona la realidad política y social de España, que no es la de los 600 congresistas y senadores que ocuparon el Hemiciclo y le brindaron cuatro minutos de aplausos. Es otra bastante distinta. La clase política se ha alejado de los ciudadanos y éstos se han alejado de las instituciones, también de la Monarquía.
El sábado, Pedro Sánchez conseguía el apoyo total del Comité Federal del PSOE para “ en nombre de España” aprobar una amnistía para todos los condenados por los hechos ocurridos el uno de octubre de 2017 en Cataluña. El domingo en Málaga, Alberto Núñez Feijóo reunía a varios miles de personas en nombre de España, en contra de esa misma amnistía. Lo mismo que hacía en Madrid Santiago Abascal, también en nombre de España. En apenas tres meses nuestro país se ha convertido en “ La Malquerida “ que escribió Jacinto Benavente nueve años antes de que le dieran el Premio Nobel.
La representación oficial del pacto entre Pedro Sánchez y Yolanda Díaz tenía mucho de teatral y poco de política. Pensar que el líder del PSOE y presidente en funciones y la líder de Sumar ( que no de Podemos ) y vicepresidenta empeñada en que cada una de sus intervenciones públicas trasladen más a sus oyentes sus evidentes carencias formativas, iban a avanzar en el laborioso pacto de investidura que debería celebrarse a mediados de noviembre, era y sigue siendo una pesadilla en la que, en el centro de la misma, aparecen cogidos de la mano los nacionalistas catalanes y vascos.
Tienen una edad parecida y la misma necesidad al frente de sus países. A Benjamin Natanyahu le conocen en Israel como el “Rey Bibi“ y a Vladimir Putin, cuando estaba en la KGB le apodaron, por su aspecto, como “Polilla pálida”. Los dos no tienen ningún escrúpulo a la hora de mandar disparar sobre sus adversarios, sean cuales sean las víctimas colaterales de los misiles y las bombas. Sus guerras, las de hoy como las de ayer y las de mañana, cuentan con un fuerte componente religioso y sienten que están bendecidas por una simple razón: sus países, Israel y Rusia -más el primero que el segundo - desaparecerían si pierden.
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